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Meditaciones:

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Dios es ternura

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DIOS ES TERNURA






Cuando no puedes borrar el recuerdo de una herida abierta, y tus lágrimas hablan de una ausente presencia, de innumerables noches de insomnio y de infinitos amaneceres de fría escarcha… Cuando tu sonrisa osa a duras penas dibujarse en los labios, y tus ojos, entristecidos por el recuerdo de las heridas, suplican, gritan y mendigan su parte de reconciliación, de ternura y de amor… Cuando te parece que la vida está a punto de explotar y presientes que la angustia lo cubrirá todo con su oscuridad dejándote solo, perdido y abandonado... Cuando quieres ser el maestro absoluto de tu vida y brota en ti el orgullo que te hace pensar que vales más que los demás... Cuando sientes la tentación de la autosuficiencia y el impulso de olvidarte de Dios y de tus hermanos... ¿Dónde encontrar la mirada que entiende, acoge y acompaña? ¿Dónde poner la esperanza de un futuro que haga renacer la ilusión por el mañana? ¿Cómo seguir esperando cuando ni siquiera se vislumbran las sombras?

¡Ven, es Navidad! ¡Acércate, hermano/a! ¡No tengas miedo! Entra en el tiempo del silencio gratuito, descálzate porque pisas tierra sagrada y déjate cautivar por el Dios que es ternura [1].

Desde el comienzo de la historia, el Dios que se manifestó a Moisés como el Dios único, aquel que amó primero y llamó a su hijo Israel a la libertad, manifiesta su ternura frente al sufrimiento humano: «He visto la aflicción de mi pueblo... he oído el clamor que le arrancaban... conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlo» [2].

Nuestro Dios es como un padre que sigue llamando a sus hijos para que vivan en plenitud y crezcan en humanidad. A ti que te sientes despreciado o tratado de forma injusta y despiadada, nuestro Dios te dice «¡Sal!», y a ti que vives rodeado de tinieblas «¡Ven a la luz!» [3]… a ti que tienes hambre y sed, a ti que sufres bajo el viento ardiente y el calor sofocante de cualquier desierto, el Señor te dice: «Con ternura te guiaré, y te conduciré hacia manantiales de agua» [4]... La compasión de Dios es un amor activo y creativo que te hará pasar de la muerte a la vida, porque «el señor muestra su ternura y consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados» [5]. Y aunque haya días en los que creas que Dios no te escucha, que te ha olvidado y abandonado, el Señor te recuerda: «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Mira, en las palmas de mis manos llevo tatuado tu nombre» [6].

¿Te has sentido alguna vez como el hijo menor de la parábola del hijo pródigo, también llamada la del padre misericordioso [7]? El hijo menor vivía en la casa del padre; era amado, y, sin embargo, quería ser libre, hacer su propio camino… y se fue lejos… Tú podrías ser este hijo que pasa necesidad en «un país lejano»; lejos de tu propio corazón, malgastas la vida que has recibido; alentado por tus sueños, pones tu esperanza en el dinero y te vuelves egoísta e ingrato... «Lo gastó todo». Y cuando tocó fondo, en medio de la confusión y la miseria, sintió la nostalgia del hogar… ¿Y el padre? ¿Había olvidado a su hijo? No, el padre no había dejado nunca de pensar en él; con paciencia, esperaba día tras día a aquel que seguía siendo su hijo; y tan pronto como «lo vio, estando todavía lejos» -es decir, viéndote allí donde estás y reconociéndote tal y como eres-, corrió hacia él, lo abrazó con ternura y sin una sola palabra de reproche «lo cubrió de besos». En este abrazo al hijo perdido, está toda la emoción y la alegría incontenible del padre, porque ¡por fin ha vuelto!

Déjate abrazar por la ternura de Dios y comprométete a compartirla con todos los hombres y mujeres que encuentres heridos en tu camino: abre tus ojos para ver la angustia que reflejan los rostros de tus hermanos; abre tus oídos para escuchar el clamor de los afligidos; abre tus brazos para romper la barrera de la indiferencia, y ofrecer sonrisas, caricias y abrazos que muestren al mundo la necesidad de construir una sociedad diferente en la que la debilidad del amor es más fuerte que el egoísmo, el odio, la violencia y la muerte.

Ternura no es debilidad y es un valor imposible si tienes la cabeza vacía y el corazón de piedra; necesitas serenidad, paz interior y madurez emocional para poder ofrecer a otros lo mejor de ti, y eso nunca será posible mientras estés huyendo de ti mismo. Ternura es saber elegir las palabras y aprender a mirar con una mirada que atraviesa las sombras. Ternura es esa cercanía que apaga los miedos y sofoca las dudas, porque no hay nada tan poderoso como un abrazo. Ternura es la fuente de una alegría única que experimentas cuando das sin esperar nada. Ternura es lo que da vitalidad a los ancianos, lo que calma y duerme a los niños, lo que desarma a los seres humanos.

Busca cada día un tiempo para dejarte abrazar por la misericordia de Dios [8], sin decirle nada, sin decirte nada, sin hacer nada… hasta que su ternura empape toda tu vida y así cante la risa en tus labios, baile la sonrisa en tu rostro y todo tu ser irradie entusiasmo, porque la alegría de los pequeños siempre acaba siendo contagiosa. Inmenso don el de saber estar y acoger ofreciendo el consuelo de la alegría.

Siempre tienes la posibilidad de optar entre vivir siendo fiel a tus convicciones más profundas o renunciar a ellas y plegarte a los deseos de aquellos que prefieren sobrevivir ensimismados en el mundo del poder, el dinero y el beneficio a corto plazo. Descubre la libertad que te ofrece Aquel que te invita a amar solidarizándote con la lucha de los que no tienen nada; asómbrate al ver que, por las sendas del compartir, las veredas de la sencillez y los caminos de la verdad, eres conducido a la fiesta de la fraternidad.

Habrá horas en las que demasiados muros se yerguen ante ti y podrás encontrarte deprimido, triste, o hundido en las fosas del vacío, la duda y la amargura… Pues recuerda que la tristeza es una especie de muerte y la soledad una casa mortuoria; no arrastres por la vida un luto permanente, ni cortes los lazos que te atan a la vida. No temas, siempre quedan esperanzas, incluso cuando la noche todo lo inunda: intenta lo imposible, no renuncies a nada; busca la luz que nunca se apaga, busca a Aquel que te dice «Yo soy la vida» [9], y ten paciencia porque todo llega a su hora.

Pero si crees que la vida ha perdido su encanto, si desconfías de todas las utopías y hasta te niegas a soñar… porque el ayer ya quedó atrás, el hoy no encuentra su cumplimiento, y el mañana nunca parece llegar a tiempo… si vives en una impaciente espera que sólo se calma con la presencia de aquel que todo lo llena… recuerda, nada ni nadie sabe más de la soledad que aquel que se adentra en el desierto de la duda… Apuesta siempre por lo que te hace vivir, mira de frente a la vida, nunca renuncies al sueño de hacer las cosas de otra forma y vivir de otra manera.

Y si a medida que pasa el tiempo sientes que las fuerzas te abandonan, que ya no puedes más, que no sirves para nada… si la tristeza y la pena te invaden, y la soledad y la amargura todo lo inundan… descubre que las caricias y los abrazos llenos de ternura te susurran “Tú vales mucho más de lo que piensas; eres importante para mí; te quiero y deseo compartir contigo el camino de la vida”… y recuerda que estas palabras también fueron dichas para ti: «No temas, porque yo estoy contigo. No te asustes, porque yo soy tu Dios; yo te ayudo, te fortalezco y te sostengo» [10].

Ternura es salir de ti mismo para ir al encuentro del otro. Por eso, sal de tu tierra y de tu patria, sal de tus costumbres y tus comodidades, de tu tranquilo refugio y tus seguridades… No te apegues a tus criterios y tus puntos de vista… Sal de ti mismo y te encontrarás con Él; sal de ti mismo y Le encontrarás en ti.

No escojas la ruta más fácil ni la más cómoda. Sube por el camino que te hace crecer y te conduce hacia la trascendencia; sube hacia lo alto para acercarte al Misterio, dejarte envolver por la ternura de Dios, y abrirle tu corazón para escuchar las palabras de vida de Aquel que en silencio te habla y con sus palabras todo lo ilumina: «he visto tus lágrimas y voy a curarte» [11].

Pero, después, baja del monte porque no se puede estar siempre en la cumbre, no puede esconderse la alegría y nadie puede ser feliz a solas. Lucha, día tras día, por transmitir convicciones, enseñar los verdaderos valores, entusiasmar con ideales, dar razones para la espera, ayudar a descubrir el valor de las cosas pequeñas y abrirse al misterio de la vida.

En las grandes ciudades y en los pueblos más pequeños, por todas partes hay hombres y mujeres que sufren y esperan un poco de luz y ternura. Baja, pues, a defender los derechos de los más pobres, aquellos a los que les quitaron la viña, la dignidad y, tal vez, hasta la propia vida… Baja hasta donde están los que sufren… baja para levantar a los caídos, curar a los que están heridos, enjugar las lágrimas y extender tu mano hacia todos los que buscan consuelo… Baja y nunca olvides que todo es posible para el que cree [12], todo es posible para el que ama.

Mikel Pereira



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[1] La ternura con la que Dios nos ama:

- es inquebrantable: “Aunque los montes cambien de lugar, y se desmoronen las colinas, no cambiará mi amor por ti, ni se desmoronará mi alianza de paz, dice el Señor que con inmensa ternura está enamorado de ti” (Isaías 54, 10).

- es como el amor de un padre: “Efraín es para mí un hijo querido, un niño predilecto, pues cada vez que lo reprendo vuelvo a pensar en él; mis entrañas se conmueven y me lleno de ternura hacia él” (Jeremías 31, 20).

- es perdón: “El Señor espera el momento para apiadarse de vosotros, y quiere manifestaros compasión, porque el Señor es un Dios justo; dichosos los que esperan en él” (Isaías 30, 18).

- es misericordia: “El Señor es clemente y compasivo, paciente y misericordioso: el Señor es bueno con todos” (Salmo 145, 8-9).


[2] Éxodo 3, 7-8.

[3] Isaías 49, 9.

[4] Isaías 49, 10.

[5] Isaías 49, 13.

[6] Isaías 49, 15-16.

[7] Lucas 15, 11-32.

[8] “Volved al Señor, vuestro Dios. Él es clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en amor y siempre dispuesto a perdonar” (Joel 2, 13). “Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor por días sin término” (Salmo 23, 6).

[9] Juan 14, 6.

[10] Isaías 41, 10.

[11] 2 Reyes 20, 5.

[12] Cfr. Marcos 9, 23.

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