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Meditaciones:

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Constructores de justicia

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CONSTRUCTORES DE JUSTICIA





“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” [1].


Por todas partes hay hombres y mujeres que ven que su futuro está cerrado, que viven aplastados por el peso de una historia que parece determinarlo todo: unos conocen el paro, la pobreza o la miseria... otros viven atrapados en la espiral del alcohol o la droga... y los más huyen del vacío de sus existencias entrando en el frenesí de hacer carrera o de ganar un poco más cada día, sin que nada les importe el precio que tienen que pagar o la suerte de aquellos que les rodean. ¿Quién de esos hombres y mujeres no está hambriento y sediento de poder, de riquezas, de dignidad o de fama? Pero ¿cuántos de ellos se han saciado?

Pero aquí y allá, por todas partes hay también hombres y mujeres marcados por la esperanza, que sienten germinar en sus corazones la misma sed de justicia.

¿De qué tienen hambre? ¿De qué tienen sed? Tienen hambre de vestirse del hombre nuevo; tienen sed de conformarse a la imagen de Aquel que los creó [2]. No pueden contentarse si no son semejantes a Jesús, la imagen del Dios invisible, el espejo de justicia y paz.

Y tú, ¿alguna vez has tenido hambre de verdad? En esta sociedad nuestra “harta” de todo, ¿alguna vez has tenido sed? ¿Qué es lo que de verdad te llena? Sé sincero: ¿qué es lo que buscas y persigues: tu propia felicidad o la justicia de Dios?

Y tú, que aspirando a vivir en un mundo más humano, tienes que enfrentarte a las injusticias de los hombres, no te limites a decir “¡Señor, Señor!” [3].

Si tuvieras ocasión de ver con tus propios ojos la miseria y el hambre que habita en las aldeas o las periferias de las grandes ciudades de muchos países del Tercer Mundo, la compasión te dejaría sin palabras [4].

No puedes mostrarte indiferente, no puedes fingir no ver ni saber, no puedes “dar un rodeo” [5] para ignorar la inmensa muchedumbre de hambrientos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor. Denuncia con tu voz toda forma de injusticia y toda falta de respeto hacia la dignidad de la persona [6].

Pero no te conformes con denunciar las injusticias. Tú estás llamado a ser testigo del sentido de la historia, a pesar de las contradicciones, los retrasos e incluso las marchas hacia atrás... a ti se te pide que seas agente de justicia y artesano de la paz aún en medio de las tensiones más contradictorias.

Busca la forma de romper todas las fronteras para llegar más cerca del hombre; lucha hasta perder tu propia vida para que el ser humano no sea nunca más pisoteado por intereses partidistas; comprométete a liberarlo de las injusticias que lo encadenan, del odio que lo deshumaniza y la miseria que lo rodea [7]... y encontrarás, no el ensueño que adormece tus capacidades creadoras, sino la alegría que te impedirá detenerte mientras exista un ápice de injusticia sobre la faz de la tierra.

Y si luchas por hacer realidad una sociedad en la que el hombre sea respetado por encima de todo, llegará el día en el cual descubrirás la oración como expresión de un encuentro con el Dios de la Vida. Porque tú estás llamado a ser el hombre de la esperanza en un mundo en el que, a pesar de tantas injusticias, Dios sigue trabajando y construyendo su Reino.

A ti se te ha encomendado una gran tarea: construir una nueva “Civilización del Amor” basada en la verdad, la justicia y la paz. Y construir un mundo más justo significa esforzarse, entre otras cosas, porque no haya niños mal nutridos o sin una mínima formación, que no haya campesinos sin un pedazo de tierra que trabajar, que no haya trabajadores mal pagados o incluso disminuidos en sus derechos por proceder de otros países o tener otro credo, que no haya sistemas que permitan la explotación del hombre por el hombre o el estado, que no haya a quienes les sobre mucho mientras que a otros, sin ninguna razón, les falta de todo.

Sé levadura en medio del mundo para hacer creíble la “locura” del Evangelio. Y si el sufrimiento y la agonía del hombre grita en tu corazón... si el miedo del hombre pone en tus labios las palabras de aquel que no puede hablar... entonces comienza a cantar esa sinfonía universal, ese poema que, para ti como para otros muchos que esparcidos por todo el mundo comparten contigo la lucha por el hombre nuevo, es fruto de una entrega sin límites.

Día tras día, ve, siembra justicia y cosecharás amor [8].

Mikel Pereira



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[1] (Mateo 5, 6).

[2] "¡Proteged al desvalido y al huérfano! ¡Haced justicia al humilde y al necesitado! ¡Defended al pobre y al indigente!" (Salmo 82,3-4).

[3] "No todo el que diga, Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial" (Mateo 7, 21).

[4] “Siento compasión por esta gente que no tiene nada qué comer” (Marcos 8, 2).

[5] (Cf. Lucas 10, 31).

[6] “Levanta tu voz y hazles justicia: ¡defiende a los pobres y a los humildes!” (Proverbios 31, 9).

[7] “Practicad la justicia y el derecho, librad del explotador al oprimido, no humilléis ni maltratéis a los extranjeros, los huérfanos y las viudas. No matéis a gente inocente” (Jeremías 22, 3).

[8] “Sembrad según la justicia, cosechad el fruto del amor” (Oseas 10, 12).

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