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Taller de los Salmos:


Ayudas: Salmo 039 (38)
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1. TIPO DE SALMO

Se trata de un salmo de súplica individual. Una persona tiene que hacer frente a serios conflictos (consigo misma, con los demás y con Dios), y por eso clama y suplica.


2. CÓMO ESTÁ ORGANIZADO

Tiene dos partes: 2-4 y 5-14. En la primera (2-4), todavía no aparece la súplica, pues el salmista está conteniéndose, tratando de controlar sus emociones. Se mantiene fiel al propósito de no hablar. Las razones para ello son dos: no arriesgarse a pecar de palabra (tal vez maldiciendo a Dios) y no dar motivo a los injustos para que hablen mal de Dios (2). Aquí encontramos algunas imágenes importantes. El salmista se obliga a sí mismo, poniéndose una mordaza en la boca, al igual que se pone un bozal a los animales que labran la tierra o que trabajan en la trilla del cereal. La segunda imagen (4) nos lleva a pensar en una hoguera encendida dentro de la persona. Va creciendo, el fuego se aviva, y acaba explotando como un volcán.

La segunda parte (5-14) contiene la súplica. Se presenta en forma de imperativos dirigidos a Dios: «muéstrame» (5), «mira» (6), «líbrame» (9), «aparta» (11), «escucha», «presta oído», «no seas sordo» (13), «aparta», «dame un respiro» (14). También en esta parte podemos encontrar algunas imágenes importantes, que nos hablan de la brevedad y la fragilidad de la vida: los días de la vida del salmista son sólo un palmo, su duración es nada (6); el ser humano se parece a una sombra que va y viene (7); la polilla que deshace los tejidos y Dios que roe los tesoros del ser humano (12); el ser humano es tan frágil e inconsistente como un soplo, como nada y vacío, sólo apariencia (6. 12).


3. ¿POR QUÉ SURGIÓ ESTE SALMO?

La persona que compuso este salmo estaba viviendo profundos conflictos: consigo misma, con los demás y con Dios.

El conflicto consigo aparece sobre todo en la primera parte. Se pone de manifiesto en el drama que consiste en ver cosas equivocadas y no poder hablar, desconfiando de que no vaya a pecar de palabra y, de este modo, pueda dar el brazo a torcer al injusto (2). A pesar de todo, no logra contenerse y, por eso, suelta la lengua (4).

El conflicto con los demás aparece en las dos partes. Su enemigo recibe los nombres de «injusto» (2) y «necio» (9). ¿De qué se trata? Resulta difícil decirlo con exactitud. Según Sal 14, 1, el necio es quien afirma que Dios no existe. Se trata, pues, de alguien que niega a Dios, de un ateo. Pero la Biblia desconoce el fenómeno del ateísmo en estado puro. Quien niega a Dios, lo hace normalmente por interés. Para esa persona es importante que Dios no exista. Así puede seguir tranquilamente practicando la injusticia pues, aunque exista Dios, le preocupa poco lo que pase en el mundo y con la justicia. Si Dios no escucha las peticiones del salmista, el necio ciertamente se burlará impunemente del justo (9). Así pues, estamos en una situación parecida a las que dieron lugar a los salmos 12 y 14.

De hecho, ¿qué es lo que podría haber sucedido? Si tomamos en serio esta frase: «Castigando el error, tú educas al hombre, como la polilla, roes sus tesoros» (12a), podemos suponer que esta persona ha perdido de repente todos sus bienes (tesoros) y esto se entiende, sobre todo por parte del injusto, como un castigo de Dios. En este mismo sentido hay que leer el versículo 7. Este tema nos recuerda mucho los dos primeros capítulos de Job.

Y, de esta manera, entramos en el conflicto del salmista con Dios. ¿Habría Dios castigado realmente las trasgresiones del salmista con la pérdida de sus bienes? Éste entiende lo que le ha pasado como una llaga que proviene de Dios, como un ataque de la mano del Señor, como un castigo por su error (11-12) y como una corrección que educa (12). Es imposible saber en qué habría consistido este error.

Al margen de lo dicho, quien compuso este salmo -tal vez alguien de familia sacerdotal (13b)- se lamenta por la brevedad de la vida. Cree que, si el Señor le hace saber cuándo concluirán sus días, entenderá aún más su propia fragilidad. Pues los días del ser humano son breves (apenas un palmo), no duran nada, son sólo apariencia (6), un simple soplo (12).


4. EL ROSTRO DE DIOS

En este salmo se le acusa a Dios de varias cosas: de ocultar cuándo y cómo será el fin del salmista (5), de enviarle llagas, de atacar al justo con el poder de su mano (11), de castigar (12), de permanecer sordo (13), de tener una mirada furiosa llena de rabia (14). ¿Es este el rostro de Dios? No. En más de una ocasión, el salmista tiene la intención de mantenerse callado (2-3. 10), lo que indica que el salmo no dice todo lo que siente esta persona. Sin embargo, calla para que hable el Señor, con la esperanza de que entre en acción: «En ti está mi esperanza» (8b), «me callo y no abro la boca, pues tú eres quien va a actuar» (10).

Aunque concluya pidiéndole a Dios que aparte de él su mirada y que le deje respirar antes de morir, todo el salmo está marcado por la esperanza en el Señor que actúa y libera, exactamente como el Dios de la alianza que, en el pasado, liberó a su pueblo que clamaba.

Jesús escuchó todos los clamores del pueblo y les dio respuesta. Se convirtió en voz de los que no tenían voz (Lc 19, 37-40). Mostró que la riqueza no garantiza una vida larga (12, 13-21) y dijo también que las desgracias humanas o las catástrofes naturales no son castigo de Dios (13, 1-9).

Parece que este salmo no cuenta con la resurrección de los muertos (14b). Sin embargo, Jesús es capaz de llamar a los muertos de vuelta a la vida (Lc 7, 11-17; Jn 11; Mc 5, 21-24. 35-43).


5. REZAR EL SALMO 39

Podemos rezarlo en los momentos de súplica; cuando tenemos la impresión de que Dios no presta oído a nuestro clamor; en situaciones de injusticia; cuando tomamos conciencia de la caducidad y fragilidad de la vida; cuando tenemos que aprender de los errores cometidos...

Otros salmos de súplica individual: 5; 6; 7; 10; 13; 17; 22; 25; 26; 28; 31; 35; 36; 38; 42; 43; 51; 54; 55; 56; 57; 59; 61; 63; 64; 69; 70; 71; 86; 88; 102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143.


(Comentarios tomados del libro de BORTOLINI, J., Conocer y rezar los salmos, San Pablo, Madrid, 2011, págs. 197-201). Los subrayados son nuestros.


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