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Meditaciones:

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Enciende un fuego sobre la tierra

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ENCIENDE UN FUEGO
SOBRE LA TIERRA








La humanidad necesita conocer la vida de Jesús de Nazaret, sus enseñanzas sobre el amor, la misericordia de Dios y el compromiso hacia el prójimo.

El Dios que te ama y al que esperas es un Dios que quiere estar en medio de nosotros, en el centro de nuestra existencia, en el corazón del mundo, “mar adentro” en las entrañas de la sociedad, allí donde se juega la vida y el futuro de la humanidad. Para acogerle vive tu hoy en plenitud, discierne siempre los signos de los tiempos y anda por caminos de justicia…; espérale con las puertas abiertas de par en par, con los ojos liberados de toda pesadumbre y un corazón lleno de ternura…; comprométete en el presente con lucidez, vive positivamente y trabaja por una sociedad más justa y fraternal.

Tú puedes acercarte a esas personas que, estando en sus puestos de trabajo o vagando por cualquier calle o plaza, están sedientos de palabras de vida, y compartir con ellos un Mensaje que no te pertenece y que por ello no puedes silenciar.

Tú sabes que la esperanza cristiana no es un optimismo barato ni la búsqueda de un consuelo ingenuo, sino una forma de enfrentarte a la vida desde una confianza radical en Dios, porque Él sigue presente en los trabajos y sufrimientos, aspiraciones y luchas del mundo. Esta sociedad necesita de hombres y mujeres como tú que se pongan en marcha hacia descampados y periferias, que salgan al encuentro de los que andan perdidos y testifiquen que el amor, la justicia, la liberación y la paz están muy cerca.

Si tus palabras dan testimonio de tu vida, que es la vida de Otro, la confianza de los que te rodean se verá reforzada. Pero recuerda que tendrás que vivir cada día tu “sí” a Cristo; es relativamente fácil decir “no”, pero ¡cuánto cuesta decir “sí”!; el “no” puedes decirlo una vez; el “sí” tendrás que decirlo cada mañana, porque nunca se dice un “sí” para siempre.

Tendrás que reconocer con humildad, una y mil veces, que eres pecador. Sólo así puede Cristo venir en tu ayuda, Él que nunca se impone y espera de ti que vuelvas tu rostro y digas tan solo: “aquí estoy…” [1], “hágase tu voluntad” [2].

Él está junto a ti aún cuando le ignoras. Ahí está el sentido de tu vida: descubrir en ti mismo y en los demás la cotidiana presencia de Cristo, su continua invitación a seguirle.

Tú comienzas a vivir cuando descubres al que cada día coloca en tu dedo el anillo del hijo pródigo, el anillo de la fiesta [3]; cuando descubres al que en medio de la noche te susurra: “ven y sígueme...” [4] “...y te haré pescador de hombres” [5]. Y un día descubrirás que, por Él y por los hombres, eres capaz de dejarlo todo y seguirle.

Él no elige a los más sabios, los más inteligentes, los más poderosos, ni a los que hablan mejor, ni tan siquiera a aquellos que parecen ser los favoritos... [6]. Él busca siempre la ayuda de los “pobres de corazón”...

Recuerda: si luchas a favor del ser humano, es decir por los humillados, los débiles, los abandonados…, en realidad combates con Dios, por su Reino. Amplía tus horizontes, derriba barreras, abre los ojos y descubre que en el mundo hay muchos grupos y personas que trabajan por la vida, siembran el Reino y ayudan a los demás desinteresadamente; en todas partes hay profetas, testigos, discípulos, amigos, hermanos… y muchos de ellos no tienen papeles, son extranjeros y no comparten tu fe… Renuncia a la arrogancia y al orgullo, y abre tu corazón a la gratuidad.

No olvides que Jesús es el mensajero de una paz profunda que implica justicia y respeto a los derechos de los más indefensos; su paz es fruto del amor, resultado de una comunión que elimina las causas de la división y el maltrato entre las personas. Jesús proclama un mensaje que es fuego porque te coloca ante tu propia verdad profunda y te invita a un cambio radical, ya que el reino de Dios tiene que ver con esta sociedad, con sus estructuras de opresión e injusticia, con la riqueza y la pobreza, con la paz y la guerra, con el hambre y el confort, con la vida y la muerte.

Si un día te encuentras con Él, no tendrás miedo de nada ni de nadie. No temerás que te secuestren, ni te maten, ni saldrás a la calle con guardaespaldas. Si un día te encuentras con Él, “vendes todo lo que tienes y compras la perla” [7], si “dejas todo y le sigues” [8], habrás encontrado tu propio destino. Y en la ayuda al necesitado y al oprimido reconocerás tu propio camino.

Comprométete con el amor a fondo perdido: con la igualdad de hombres y mujeres; con los derechos del débil, del pequeño, del que no cuenta; con los pobres y marginados, los que normalmente no nos interesan, los que procuramos que no se crucen en nuestro camino, los que no son “productivos”, los que no cuentan para la política ni la economía…

Aquel que te ama con ternura te pide, no unas migajas, sino toda tu existencia; Él te pide que vivas lo poco que hayas comprendido del Evangelio, anuncies su vida entre los hombres y “enciendas un fuego sobre la tierra” [9].

Mikel Pereira



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[1] Éxodo 3, 4.

[2] Lucas 1, 38.

[3] Cfr. Lucas 15, 22.

[4] Mateo 9, 9.

[5] Lucas 5, 10.

[6] Cfr. 1ª Coríntios 1, 26-28.

[7] Mateo 13, 46.

[8] Lucas 5, 11.

[9]
- “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo!” (Lucas 12, 49).

- Desde la muerte y resurrección de Jesús, vivimos del fuego que abrasa el mundo: es el fuego que ardía en el corazón de los peregrinos de Emaús mientras le oían hablar. Y es que, como nos recuerdan las palabras que Orígenes pone en boca de Jesús: "Quien está cerca de mí está cerca del fuego; quien está lejos de mí está lejos del Reino".

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