#
#

Taller de los Salmos:


Ayudas: Salmo 114 (113 A)
#
#

1. TIPO DE SALMO

Es un himno de alabanza. Los salmos de este tipo suelen celebrar alguna de las acciones extraordinarias que el Señor realizó a lo largo del caminar del pueblo. Este salmo pertenece a «los himnos» que Jesús rezó con sus discípulos después de la Última Cena (Mt 26, 30; Mc 14, 26).


2. CÓMO ESTÁ ORGANIZADO

No tiene introducción ni conclusión. La explicación es que pertenece al bloque de los salmos 113 a 118, la «pequeña alabanza» (cf. el apartado 1 del salmo 113) que cantaban los judíos en las fiestas importantes. En su origen, tendría introducción y conclusión, pero desaparecieron posteriormente.

No obstante lo dicho, podemos dividir el cuerpo de este salmo en tres partes: 1-2; 3-6; 7-8. La primera (1-2) nos sitúa en el momento de la salida de Egipto y de la esclavitud. Hay un claro contraste entre el pueblo de Dios (aquí llamado «Israel» y «casa de Jacob») y Egipto, del que se dice que es «un pueblo balbuciente». Se trata de una expresión despreciativa referida a la lengua de los egipcios. Los judíos estaban muy orgullosos de su lengua, pues Dios, su compañero en la alianza, habla este idioma y no el de los opresores.

Dejando a un lado la preocupación por Egipto, el salmo se centra en un hecho extraordinario. El pueblo de Dios, llamado ahora «Judá» e «Israel», se convirtió en «su santuario» y «su dominio». No se dice de quién, lo que indica que la introducción del salmo, que incluiría alguna referencia al Señor, ha sido suprimida. A pesar de todo, queda claro que Israel y Judá son el santuario y el dominio de Dios. Esta primera parte, pues, pone de relieve la salida de Egipto.

La segunda parte (3-6) resume dos momentos decisivos en el proceso de salida de Egipto y de entrada en la Tierra Prometida. Se trata del paso del mar Rojo y del río Jordán. Dios hizo maravillas delante de su pueblo, su santuario y su dominio, que sale de Egipto para entrar en la tierra de Canaán: el mar huye y el río retrocede. Se trata de dos acciones increíbles e inimaginables: el mar que sale huyendo y las aguas del Jordán que regresan hacia sus fuentes (3).

A continuación, tenemos otra acción increíble, en esta ocasión en pleno desierto del Sinaí; se trata, probablemente, de la referencia a un terremoto, pues los montes saltaron como carneros y las colinas como corderos (4).

Esta imagen está tomada de la vida cotidiana de los pastores, que contemplan a diario a los carneros y a los corderos correteando y saltando por los pastos. A continuación, vienen cuatro preguntas dirigidas a los cuatro elementos de la naturaleza que han reaccionado ante la salida de Egipto y la entrada en la tierra (el mar, el Jordán, los montes y las colinas): ¿Por qué se comportan de esa manera? (5-6).

La última parte (6-7) nos ofrece la respuesta: el mundo (la tierra) se estremece delante del Señor, el Dios de Jacob (6), pues él es el responsable de las transformaciones radicales que se producen (a semejanza del salmo anterior): convierte las rocas en un estanque y el pedregal en manantiales de agua (8). Tenemos aquí una referencia a un episodio de la travesía del desierto, cuando manó el agua de la roca (Ex 17, 1-7).

En síntesis, este salmo afirma que el Señor convierte las aguas en tierra firme, y transforma la dura roca en fuente de agua; las montañas imponentes, símbolo de estabilidad, triscan como corderillos en los pastizales. ¿Por qué? Porque el Señor actúa en su santuario y en su dominio, es decir, en el pueblo que sacó de Egipto e hizo entrar en la Tierra Prometida.


3. ¿POR QUÉ SURGIÓ ESTE SALMO?

Este salmo celebra el principal acontecimiento de la vida del pueblo de Dios: la salida de Egipto y la entrada en la tierra. Recoge cuatro episodios importantes, tres de los cuales están relacionados con el agua. En un extremo, tenemos la salida (las aguas del mar, que huyen); en el otro, la entrada (las aguas del Jordán que se retiran); en el medio, la alianza del Sinaí (terremoto) y la sed saciada (el agua que brota de la roca). Se trata del recuerdo de la principal y más grande intervención del Señor, punto de partida de todas las demás experiencias, individuales y colectivas, que se vivieron con posterioridad. Se está, pues, celebrando la superación de un gran conflicto.

Hay otro detalle, en el que conviene detenerse. Este salmo se muestra muy atrevido al afirmar que «Judá se convirtió en su santuario, e Israel en su dominio» (2). Nótese que no se habla del santuario del camino por el desierto, ni del templo construido por Salomón en Jerusalén. ¿No tendremos aquí una sutil crítica a cualquier intento por «encuadrar» a Dios en un espacio físico determinado? A propósito de esto, basta ver lo que dice el Señor en 2 Sam 7, 6. Además, este salmo habla del dominio de Dios. Sabemos, por ejemplo, que la monarquía -desde Salomón-se adueñó del pueblo y lo dominó. Desde el exilio (586 a.C.) hasta la época de Jesús, los judíos padecieron la dominación de los grandes imperios. ¿No estará este salmo aludiendo a todas estas situaciones? Pero lo más importante de todo es el rostro con que aparece Dios en esta oración.


4. EL ROSTRO DE DIOS

Este salmo contiene una afirmación bastante osada: el santuario de Dios es el pueblo. En él está, reside y viaja desde la esclavitud hacia la libertad. Es inútil pretender confinarlo en un espacio físico. Mientras que el salmo anterior lo presentaba como elevado, pero mirando a la tierra, aquí lo tenemos residiendo en el santuario que es el pueblo, caminando con él rumbo a la conquista de la libertad y de la vida.

Las cuatro acciones del Señor que se mencionan en este salmo nos lo muestran como el liberador aliado que da la vida: la salida de Egipto (liberación), la alianza, el agua en el desierto y la entrada en la tierra (vida); de este modo, lleva a cumplimiento las promesas que había hecho a los patriarcas.

Este salmo repercute de distintas maneras en la vida de JESÚS. Decretó la desaparición del templo (Jn 2, 13ss), afirmando que su cuerpo es la nueva tienda de encuentro (Jn 1, 14) entre Dios y la humanidad. También puso de manifiesto que cualquier persona puede convertirse en santuario del Padre y del mismo Jesús (Jn 14, 23). Mateo lo presenta como el que inicia un nuevo éxodo (Mt 2, 13ss). Además, Jesús asegura que ya ha llegado la hora de devolver el pueblo a su legítimo señor. El pueblo es propiedad («dominio») de Dios, y no del César (Mt 22, 15-21).

Jesús llevó a cabo grandes transformaciones con sus palabras y con sus acciones; por ejemplo, hizo que algunos ciegos vieran y aseguró que otros, convencidos de que veían, estaban ciegos (Jn 9, 39-41). También María, en su cántico, proclama esta inversión radical de suerte que tiene lugar tanto en ella como en el pueblo al que representa (Lc 1, 46-55).


5. REZAR EL SALMO 114

Conviene recordar lo que se ha dicho a propósito de los demás himnos de alabanza. Éste parece sugerir que se rece a la luz de las grandes liberaciones y conquistas; cuando de las «rocas duras y resecas» conseguimos que brote «agua fresca» con que calmar nuestra sed; cuando vemos cosas aparentemente imposibles (las aguas del Jordán que suben hacia sus fuentes, en las montañas, el mar que se abre y retira sus aguas...) que suceden efectivamente; cuando no estamos de acuerdo con que la mejor casa de Dios sea una construcción de piedra o ladrillo...

Otros salmos que son himnos de alabanza: 8; 19; 29; 33; 100; 103; 104; (105); 111; 113; 117; 135; 136; 145; 146; 147; 148; 149; 150.


(Comentarios tomados del libro de BORTOLINI, J., Conocer y rezar los salmos, San Pablo, Madrid, 2011, págs. 558-562). Los subrayados son nuestros).


# # #





bidean@bidean.net
castellano euskera batua euskera bizkaiera orue