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Taller de los Salmos:


Ayudas: Salmo 026 (25)
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1. TIPO DE SALMO

Se trata de un salmo de súplica individual. Alguien, injustamente acusado, expone su defensa delante del Señor, iniciando su clamor con la petición: «Hazme justicia, Señor...».


2. CÓMO ESTÁ ORGANIZADO

A pesar de su brevedad, podemos distinguir cinco partes en este salmo: 1-2; 3-5; 6-8; 9-10; 11-12. En la primera (1-2) tenemos una súplica urgente. El salmista, injustamente acusado y sin tener a quién recurrir, presenta su petición al Señor, proclamando su inocencia (1). Aquí aparece (2) la imagen del fundidor. Los metales son purificados por medio del fuego, quedando aparte toda impureza. Este salmista le pide al Señor que, a semejanza del fundidor, examine sus entrañas (en el original, «riñones», que representan la sede de los afectos o las pasiones) y su corazón (que, para el pueblo de la Biblia, representa la conciencia).

La segunda parte (3-5) es la primera declaración de inocencia. En primer lugar (3) el salmista afirma no haberse apartado nunca de las dos exigencias esenciales de quien tiene alianza con el Señor: amor y fidelidad. Tenemos aquí la declaración positiva, es decir, la manifestación del bien que ha hecho. A continuación (4-5) muestra lo que no hace, es decir, que no tiene nada que ver con los impostores, hipócritas, malhechores e injustos, superando la tentación de unirse a ellos e imitar su comportamiento.

La tercera parte (6-8) es la segunda declaración de inocencia. Aquí vemos que el inocente se encuentra en el templo de Jerusalén, participando en las ceremonias, animando a los peregrinos, contemplando la belleza de la casa del Señor.

La cuarta parte (9-10) presenta una nueva petición. El justo no quiere que se le confunda con los pecadores asesinos, cuya vida está plagada de sobornos.

La última parte (11-12) es una nueva declaración de inocencia. El salmista afirma su integridad y asegura encontrarse en el camino recto, al tiempo que bendice al Señor en las celebraciones que se desarrollan en el templo.


3. ¿POR QUÉ SURGIÓ ESTE SALMO?

En la tercera parte (6-8), vemos al inocente en el templo de Jerusalén, rodeando el altar del Señor, proclamando su acción de gracias, contando todas sus maravillas y admirando la belleza de la casa de Dios. Al final, afirma que bendice al Señor en la asamblea. Se trata, por tanto, de la oración de alguien que se ha refugiado en el templo, a semejanza del autor del salmo 23. El templo de Jerusalén, en determinados períodos de su existencia, funcionó como lugar de asilo. El salmista, acusado injustamente, busca refugio en su interior, esperando del Señor, por medio de un sacerdote, una sentencia que lo declare inocente.

Se trata, por tanto, de un conflicto entre el justo y los injustos que quieren matarlo. El justo confiesa su propia integridad, afirma su inocencia, y garantiza que siempre ha seguido el camino de la verdad (1-3). No tiene nada en común con los impostores (4a), no se junta con los hipócritas (4b), detesta las bandas de malhechores y no toma asiento con los injustos (5), ama las cosas de Dios (6-8), es íntegro, su pie está firme en el camino recto y bendice al Señor en la asamblea (11-12).

Pero vamos a ver lo que dice este salmo de los adversarios del justo. Son impostores e hipócritas (4), malhechores e injustos (5), pecadores y asesinos (9), tienen infamia y soborno en sus manos (10). En este modo de calificarlos encontramos un progreso que va desde la palabra mentirosa hasta el soborno y el asesinato. Para ello se juntan en bandas y tienen reuniones (5), señal de que están organizados, y ejercen su influencia sobre otras personas a las que atraen a sí (4-5).

El salmo no dice por qué persiguen al inocente, hasta el punto de tener que refugiarse en el templo. Tampoco explica en qué consiste el soborno que hay en las manos de los injustos. No obstante, podemos aventurar una hipótesis. El justo habría incomodado a los malhechores, que sobornarían a alguien para que se encargara de eliminarlo. O, quién sabe, tal vez algunas personas subordinadas habrían declarado en el tribunal en contra del inocente de manera que, al ver peligrar su vida, acabara por encontrar asilo en el templo. Una vez llegado a él, decide pasar en su interior el resto de sus días, bendiciendo al Señor.


4. EL ROSTRO DE DIOS

Este salmo pone de manifiesto que Dios escucha el clamor de los justos e inocentes y les hace justicia. Este convencimiento va incluido en la huida del inocente que encuentra refugio en el templo. El autor de este salmo sabía, ciertamente, que el Señor es el Dios que escucha el clamor y libera, como hizo antaño, cuando los israelitas clamaron ante la opresión del Faraón. Basándose en esta confianza, clama y busca asilo en el templo de Jerusalén. El Dios de este salmo es, por tanto, el Dios aliado fiel. Las condiciones de la Alianza que estableció el Señor con Israel eran el amor y la fidelidad. Pues bien, el inocente de este salmo se comporta como un auténtico socio compañero del Dios de la Alianza, que obra del mismo modo que Dios (3).

En una sociedad de injusticia y desigualdad como la de este salmo y como la nuestra, Dios es siempre el amigo y el aliado de los inocentes que padecen la injusticia, y los libra de las garras de los opresores violentos.

Jesús estuvo siempre con los marginados que clamaban a él y, para salvarlos, se enfrentó a los poderosos, que acabaron con su existencia. Pero su resurrección es la prueba de que la vida es más fuerte. Además, el evangelio de Mateo presenta a Jesús como aquel que cumple toda justicia (Mt 3, 15).

En este salmo, el Señor examina al inocente y lo pone a prueba. Jesús, por su parte, conoce al ser humano en su intimidad (Jn 2, 25) y pone al descubierto la falsa religiosidad de los poderosos de su tiempo (Mt 23, 1-36).


5. REZAR EL SALMO 26

Como los demás salmos de súplica individual, el salmo 26 supone un contexto de persecución, de condena a muerte, en una sociedad basada en la mentira que se dedica a eliminar la vida. Conviene rezarlo cuando corremos el riesgo de deslizamos por el camino de la injusticia, de la corrupción y de la violencia; cuando sentimos la tentación de comportarnos como los poderosos; cuando queremos reforzar nuestro amor y nuestra fidelidad para con Dios...

Otros salmos de súplica individual: 5; 6; 7; 10; 13; 17; 22; 25; 28; 31; 35; 36; 38; 39; 42; 43; 51; 54; 55; 56; 57; 59; 61; 63; 64; 69; 70; 71; 86; 88; 102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143.


(Comentarios tomados del libro de BORTOLINI, J., Conocer y rezar los salmos, San Pablo, Madrid, 2011, págs. 134-138). Los subrayados son nuestros.


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