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Taller de los Salmos:


Ayudas: Salmo 028 (27)
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1. TIPO DE SALMO

Es un salmo de súplica individual. Se trata de una persona que, encontrándose sola ante un terrible peligro, clama a Dios. En algunos versículos se empieza a esbozar ya la acción de gracias, lo que indica que el Señor ha escuchado y respondido a la súplica.


2. CÓMO ESTÁ ORGANIZADO

Este salmo tiene tres partes (1-5; 6-7; 8-9). En la primera (1-5), tenemos la súplica. El salmista habla de la situación en que se encuentra. Tiene la sensación de que el Señor está callado o ausente, lo que aumenta el drama de quien suplica: es como si estuviera contemplando su propio entierro. Por eso clama sirviéndose de gestos, es decir, alzando las manos hacia el santuario. Habla de los malvados y de sus intrigas (3) y le pide a Dios que les pague conforme a sus obras (4-5).

En la segunda parte (6-7) cesan las peticiones y surge la acción de gracias. El fiel le da gracias a Dios por haberlo escuchado, superando el drama personal que estaba viviendo.

La tercera parte (8-9) introduce el tema del rey, personaje ausente hasta este momento. Vuelven las súplicas, pero no ya con vistas a una situación personal, sino en favor de todo el pueblo. Ciertamente, esta última parte es un añadido posterior, todavía en el período de la monarquía.


3. ¿POR QUÉ SURGIÓ ESTE SALMO?

La persona que compuso este salmo vivía dos dramas, uno personal y otro social. ¿Qué es lo que estaba sucediendo? Hay tres versículos importantes que describen la situación: «A ti clamo, Señor. Roca mía, no seas sordo a mi voz. Que tu silencio no me deje como los que bajan a la fosa... ¡Bendito sea el Señor, que escuchó mi voz suplicante!... Me socorrió, mi carne florece y le doy gracias de todo corazón» (1. 6. 7b). Este salmo relata la situación de un enfermo que se encontraba al borde de la muerte. En esto consistía el drama personal del salmista.

Pero también existía un conflicto social, pues el salmo dedica bastante espacio a los enemigos de este enfermo que clama. De hecho, el enfermo se refiere a ellos como «malvados» y «malhechores» (3a). Dice que hablan de paz, pero que tienen la maldad en su corazón (3b). Con otras palabras, está viviendo en una sociedad hipócrita y de apariencias. Por eso el enfermo que suplica al Señor no tiene a quién recurrir, pues las relaciones humanas están contaminadas por la falsedad (Sal 12).

Pero tenemos que señalar que no se trata simplemente de palabras. Todo lo contrario; la falsedad se traduce en acciones, en relaciones desiguales e injustas. Es posible entender de esta manera el salmo a partir de la petición del fiel al Señor, en la que insiste que pague a sus enemigos conforme a sus acciones y conforme a la obra de sus manos (4). Con toda probabilidad, aquí reside el foco del conflicto entre el enfermo que suplica y sus adversarios. ¿Qué es lo que le habrían hecho? Es imposible decirlo. Pero se sabe que, en aquella época, las enfermedades se veían como castigo divino por los pecados humanos. Los enemigos del enfermo, marcados por este prejuicio, avanzaron en la falsedad y llegaron a gestos concretos de marginación y opresión del enfermo.

Por eso clama pidiéndole a Dios que no sea sordo a su voz, ni se mantenga indiferente. El silencio de Dios suscitaría los gritos de alegría de sus enemigos. El mismo Dios está entre la espada y la pared. Si no actúa en favor del enfermo, caerá en descrédito y será tenido en nada.

El enfermo clama a Dios con todo el cuerpo, alzando las manos hacia el santuario y pidiéndole al Señor que pague a sus adversarios con la medida que considere justa. La última frase de su súplica es contundente: «¡Que él los arrase y que no vuelvan a alzarse!» (5b). Dicho de otro modo, está pidiendo que la falsedad desaparezca para siempre de la faz de la tierra.

Entonces, de improviso, el salmo cambia de tono. De la súplica se pasa a la acción de gracias, lo que viene a indicar que el Señor ha escuchado su clamor, que la enfermedad ha desaparecido y que el cuerpo del salmista ha recobrado la salud. Si el silencio de Dios suscita los gritos de victoria de los enemigos, la respuesta de Dios lleva al justo a cantar de alegría y a entonar su acción de gracias. Con el paso del tiempo, se le añadieron a este salmo los últimos versículos. El enfermo ya no es una persona, sino todo el pueblo, representado por su máxima autoridad política, el rey.


4. EL ROSTRO DE DIOS

El salmista llama a Dios «roca mía» (1), «mi fuerza y mi escudo» (7a); es el que escucha la voz suplicante (6b). Este último detalle es significativo, ya que nos lleva a pensar en el Dios del éxodo y de la Alianza, aquel que escucha el clamor del pueblo y baja a liberarlo (Ex 3, 7-8). Las expresiones «roca mía» y «mi fuerza y mi escudo» sugieren liberación, seguridad y defensa, características del Dios compañero y aliado de Israel. El enfermo solitario ha podido clamar al Señor porque sabía que él es el Dios que escucha los clamores y no permanece indiferente ante las injusticias y opresiones.

Con su actividad, Jesús mostró el rostro del Dios que no permanece sordo ante los clamores del pueblo. Basta abrir los evangelios para comprobar que las personas que clamaban a Jesús no quedaban sin respuesta, fueran cuales fueren sus males o problemas. Jesús es el que vino para trabajar al servicio de la vida, para que todos pudieran disfrutarla en plenitud.


5. REZAR EL SALMO 28

Es un salmo propio de los momentos de súplica, sobre todo cuando queremos ser la voz de los enfermos terminales o muy ancianos, para los que ya no hay esperanza y, en muchas ocasiones, tampoco solidaridad. También se presta para esas ocasiones en las que tenemos la sensación de que Dios está sordo a nuestras peticiones y a nuestros clamores. En ocasiones podemos vivir situaciones semejantes a las del salmista, esto es, tenemos la impresión de que todas las relaciones humanas están contaminadas por la mentira y la falsedad. En esos momentos, este salmo puede ayudarnos a hallar esperanza en Dios. Por incluir elementos de acción de gracias, sirve también para cuando hemos superado algún drama personal o comunitario.

Otros salmos de súplica individual: 5; 6; 7; 10; 13; 17; 22; 25; 26; 31; 35; 36; 38; 39; 42; 43; 51; 54; 55; 56; 57; 59; 61; 63; 64; 69; 70; 71; 86; 88; 102; 109; 120; 130; 140; 141; 142; 143.


(Comentarios tomados del libro de BORTOLINI, J., Conocer y rezar los salmos, San Pablo, Madrid, 2011, págs. 142-146). Los subrayados son nuestros.


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